Apoyo mutuo y reconstrucción

Por Sebastián Lozano

Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.8, 2014.

El incendio en Valparaíso, que abarcó 6 cerros, fue uno de los desastres más grandes jamás vividos en el puerto. Imágenes de películas bélicas aparecen irremediablemente en mi cabeza al subir las últimas escaleras por sobre Avenida Alemania. La destrucción llega a ser cruelmente similar a territorios azotados por guerras y sus bombardeos nocturnos. Todo desapareció. El enemigo atacó de noche, sin avisar a nadie y sin dejar nada a su paso. Y claro, cómo no, si las condiciones de vida impuestas, el hacinamiento y los materiales de construcción con los que se levantaron casas hace más de 40 años eran bombas de tiempo.

A medida que uno avanza, se encuentra con lo que fueron “focos de combustible”, descansando junto a la industria de fuego más grande del Litoral Central. El abandono y la marginación amenazan a diario buscando su combustión, y la carne asada de la clase trabajadora es la mejor leña para alimentar los engranajes de la máquina. Las condiciones en las que se produjo el incendio no son azarosas, más bien fueron predeterminadas, y hoy los marcos quemados de las bicicletas y las estructuras moribundas de los campamentos son los testigos silenciados de una vida sin oportunidades, desesperanzada y con la lógica capitalista intacta y más viva que nunca.

Llegando a las quebradas, específicamente a La Fontaine, el contraste es obvio y no se hace esperar. “Una ayudita, cabr@s”; “faltan manos”; “¿hagamos una cadena, chiquill@s?”. El caos se ve opacado por las ganas de ayudar. La solidaridad y la horizontalidad en el trabajo de los miles de voluntarios (hormiguitas, como nos apodó la familia Molina Figueroa), con el rostro sucio y curtido por la tierra, te invita a trabajar con ellos, en lo que hasta ahora ha sido el ejemplo más claro de una reconstrucción a pulso, autónoma y autogestionada. La sonrisa se puede ver detrás de las máscaras. Acá se trabaja porque uno quiere y la buena vibra se palpa en cada saco de escombros que se sube a las calles desde las quebradas. El pan, la fruta y el agua son compañeros omnipresentes en la jornada, y donde come uno, comen miles. Y así, desde un panorama funesto, el corazón se te empieza a hinchar de cariño, en la medida que se sigue trabajando y se sigue compartiendo con las familias afectadas. Las horas pasan y uno de a poquito se comienza a enamorar de esa choreza de puerto, tan linda y a la vez tan equivocadamente satanizada.

¿Cómo se puede generar algo tan bonito y emancipador sin poder replicar la experiencia en otros lados?  Me atrevo a decir que estas jornadas de reconstrucción aumentan las esperanzas de un mundo nuevo; de una vivienda digna; de un sistema de salud y educación transversal, gratuito y de calidad; de una vida sin autoridades y de alamedas abiertas, en donde tod@s podamos transitar, sin cadenas y sin pedirle permiso a nadie. La solidaridad, la autogestión y la organización popular que se vivió en los cerros son el reflejo practicado a fuego de una resistencia más brillante que el más grande de los incendios.

PD: Contrario a lo que piensa el alcalde, los cerros se poblaron por necesidad. Longi culiao.

Por | 2018-11-29T21:58:09+00:00 noviembre 29th, 2018|Articulos|Sin comentarios

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