De adultocentrismos y otros males

De adultocentrismos y otros males
Por Paula Acuña
Ilustración de Brigada Feminista
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

“Salude”. “Dele un besito a la tía”. “Dame un abracito”. “No puedes”. “No lo hagas”. “No te subas, eres muy pequeño(a)”, etcétera. Yo no te diría eso a ti, y si alguien me lo dijera a mí, me reiría en su cara. Porque, ¡qué patudo decirme lo que tengo que hacer! Y si no está bien decirle eso a un adulto o una adulta, ¿por qué está bien decírselas a un niño o una niña? Exacto, no lo está. A  simple vista, esas palabras parecen inofensivas, porque son parte de nuestro ADN. Es lo que nos dijeron a nosotras y nosotros toda la vida, y es lo que aprendimos a decir. No nos cuestionamos los actos cotidianos y vamos por la vida fragmentando a otros seres, pero la realidad es que –si nos detenemos a pensar– podremos ver que son frases nefastas.

El otro día compartí con muchas niñas y muchos niños, y se me partió el corazón de escucharles decir una y otra vez que no pueden, que no saben, que son muy pequeñas y pequeños para esto. Verles llorar de miedo en una cama elástica, porque desde que llegaron a este mundo hubo alguien –sus figuras de apego, las personas que debiesen encargarse de fortalecer su autonomía y amor propio– diciéndoles que no son ni serán nunca atletas, nadadoras  y nadadores profesionales, ni nada que se le parezca, porque sus cuerpos frágiles se pueden cortar, se pueden dañar, se pueden herir, etcétera. Y entonces tenemos un montón de niñas y niños que no tienen idea de cómo controlar sus emociones ni sus sentires. No conocen sus propios cuerpos, no entienden cómo subir una pierna, cómo afirmarse en los brazos y distribuir el peso. No conocen sus cuerpos porque nunca les dejamos conocerse. No conocen sus cuerpos porque siempre hubo alguien dudando de ellas y ellos. Después nos extrañamos que la gente no haga deporte, que las niñas y los niños sufran de obesidad, y los más desvergonzados o desvergonzadas irán diciendo por la vida que somos charchas y por eso nunca ganamos ni una medalla olímpica. ¿Cuántas Simone Biles se pierden porque se las insegurizó siempre? Aunque eso da para otro texto. Por ahora, y sobre esto último, convengamos que no es lo mismo habitar la niñez en un cuerpo de mujer, porque nunca da lo mismo ser mujer. Nuestras opresiones son tantas que ahí donde veas un hombre oprimido puedes multiplicarla por dos y te acercarás a lo que significa ser mujer. Pero bueno, no nos desviemos, ¿y entonces qué hacemos?

Yo propongo que aprendamos a acompañar sin juzgar, que aprendamos a ser compañeras y compañeros, amigas y amigos, manada de los niños y de las niñas de nuestras vidas. Propongo que desde que nacen les dejemos ser libres, que confiemos en sus capacidades y en su autonomía. Acompañemos en silencio y desde el no juicio. Un día le dije a la Emilia, mientras jugaba en altura: “Yo creo que sí puedes bajar de ahí, porque tú sola te subiste, descubramos cómo hacerlo”. La dejé subir sola, no la subí yo ni le hice la subida más fácil, porque confié en ella. No es que no me diera miedo que se cayera –obvio, tenía terror, si yo era sólo su niñera–, pero hice lo único que podía hacer. Adopté la postura corporal necesaria para agarrarla si se caía y constantemente le dije: “Sí puedes, confía en ti, consciencia corporal, observa tu cuerpo”. Sólo estuve ahí para ella si en el descubrirse fallaba. Puedo decir que el final de esa historia es que su felicidad al saberse capaz cuando bajó sola fue impagable, porque aunque fueron cinco minutos de su corta vida, yo sé que su cuerpo y su mente inconscientemente recordarán ese instante. Que su cuerpo tiene memoria y sabe que puede. Ojalá pudiera haber estado más para Emilia, para Valentín, para Martina, Rafael y tantos niños y tantas niñas que he amado y que deseo para sus vidas sólo libertad y amor. Ojalá pudiese estar siempre para decirles que pueden. Ojalá todas las personas que rodean sus vidas les digan constantemente que pueden.

Y esto es sólo una parte de la permanente castración que se practica sobre nuestros niños y nuestras niñas. Porque también está esa premisa invisible –pero que lo envuelve todo– que dice que los cuerpos de los niños y las niñas no les pertenecen, son de la comunidad, son de cualquiera que quiera hacer uso y goce de ese cuerpecito. Porque lo que hacemos es cimentar el camino para que esas personitas tengan muy claro que no pueden decidir sobre sí mismos y sobre sí mismas, ni ahora ni nunca. Porque siempre habrá alguien que sabe más que ellos y ellas, porque sus cuerpos no les pertenecen, porque cada vez que un niño o una niña entra a un espacio, se asume que tiene que besar y abrazar a todos y todas, porque hay una necesidad imperiosa de tocar esos cuerpos.

Y aquí podría detenerme en la terrible castración emocional que vivimos como adultas y adultos, con toda una construcción absurda sobre el cariño y los cuerpos, las cercanías. Por ejemplo, cuando nos abrazan y nos dan palmaditas en la espalda, como diciendo: “No quiero abrazarte más pero no sé cómo salir de aquí”. Todas esas construcciones que hacen que nos incomode el cariño y la cercanía, porque desde que éramos bebés nos dejaron solas y solos. Aprendimos y reproducimos que en la vida una viene sola o solo y tiene que vérselas por sí misma o por sí mismo. Y claro, ¿si no cómo se sostendría un sistema individualista basado en el yoísmo? Entonces, cuando vemos un cachorro o una cachorra, un perro o una perra, un o una bebé, inmediatamente se activan en nuestro cuerpo las ganas de entregar cariño. Y es que naturalmente queremos, naturalmente amamos, porque las humanas y los humanos amamos por naturaleza y es hermoso sentirlo. El problema es cuando lo hacemos sin pensar, sin cuestionarnos. ¿Por qué creemos que podemos ser diferentes con las niñas y los niños? ¿Por qué a una adulta o a un adulto no le digo “dame un besito”, “me saludó”? Porque NO ESTÁ BIEN. Pero el adultocentrismo es tan grande que creemos que sobre esos cuerpos sí se puede disponer, sobre esos cuerpos está bien tomarles sin su consentimiento, levantarles, abrazarles, agarrarles. No les preguntamos nada, asumiendo que no pueden decidir. Pero querido amigo, querida amiga, compañero o compañera que estás leyendo esto, la construcción de otro mundo sólo es posible si entendemos que es aquí y ahora, en este momento, en este lugar y en cada acto cotidiano.

Entonces, la próxima vez que compartamos con niños y niñas, invito a que no les saludemos de beso, aun cuando su figura de apego le diga: “¿Saludó?”. Hagamos un “hola” con la mano o hablemos con el cuerpo sin tocarles. “Hola, Juanita, ¿cómo estás? Yo me llamo Paula, mucho gusto”, y FIN.  Necesitamos que sepan que al menos alguien respeta su autonomía y su derecho a saludar como les venga en gana. Es muy sencillo, en realidad, cuando entendemos que no tenemos derecho a exigirles. Es fundamental que dejemos de sustentar la cultura de los abusos sexuales que nacen de estos mensajes que le entregamos siempre a niños y niñas. Esos mensajes que dicen una y otra vez que no son dueños o dueñas de sus cuerpos, porque son de la comunidad, de la tía, de la abuela, del tío, del primo, de la amiga del primo, de quien quiera tocarles, besarles, abrazarles, pero nunca de sí mismos o sí mismas.

Si queremos construir otro mundo, urge que revisemos todos nuestros comportamientos con los niños y las niñas. Ellos y ellas entienden todo, son personas autónomas, como cualquier adulto o adulta, y la infantilización de la niñez es un cáncer que es necesario extirpar. Ellos y ellas pueden decidir. Ellos y ellas pueden opinar. Ellos y ellas pueden y deben pensar por sí mismos y por sí mismas. ¿Qué es esa necesidad de enseñarles todo? “Mira, hazlo así”. “Yo te enseño”. ¿Por qué no dejamos que descubran el mundo por sí mismos y por sí mismas? Seguro inventan una forma mejor de existir, y más temprano que tarde, quizás construyan un lugar donde el feminismo, el antiespecismo, la sororidad y las ideas libertarias sean una realidad construida en amor. Hasta ese momento, hagámonos cargo y acompañémosles lo mejor que nuestros cuestionamientos nos permitan.

Por | 2019-02-01T22:58:16+00:00 febrero 1st, 2019|Artículos|Sin comentarios

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