Infancia, temporalidad y devenir

Infancia, temporalidad y devenir
por Joyce Morales Duarte

Ilustración por Ricardo Vivallo
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

“El tiempo de la vida es un niño
que juega un juego de oposiciones.
De un niño, su reino”

Heráclito, Fragmento 52

“La mariposa no puede recordar que ha sido oruga
así como la oruga no puede adivinar que será mariposa
porque los extremos del mismo ser no se tocan”

Enrique Lihn, Para Andrea.

Si nos detenemos a observar a los niños y a las niñas jugando en las plazas, especialmente en las calesas, podríamos acercarnos a una experiencia aiónica del tiempo. Este girar acelerado, en que podemos sentir el mareo, cómo se alzan las piernas y no tenemos un punto fijo que mirar. Sólo nos abandonamos al ruedo, a la cercanía de una pequeña muerte que nos resulta placentera. Matilda me preguntó si se podía morir girando y se tendió en el pasto a mirar las nubes, entrecerrando los ojos para prolongar su sensación de estar en otro estado. Yo intento trazar aquí algunas pistas de su viaje.

El espacio y el tiempo son parte del escenario en el que transcurren las interacciones entre los distintos actores sociales; se puede afirmar que las relaciones con otros y otras se enmarcan en una realidad temporal y espacialmente situada. Esto se puede constatar en los antecedentes históricos que dan cuenta de las transformaciones sociales y en cómo estas transformaciones se ven evidenciadas en los modos de ser, de pensar, de experimentar en el mundo y con otros y otras. La historiografía europea referida a la infancia ha postulado que existen periodos prolongados de tiempo, que pueden caracterizarse tanto por la manera en la que los adultos y las adultas conciben a la infancia, como por la manera en que se relacionan con los niños y las niñas.

La relación de la infancia con el mundo sensible se establece desde la primacía del cuerpo y los sentidos; los niños y las niñas parecen develar el mundo, aprenderlo y aprehenderlo a través de sus experiencias sensoriales y motoras. La curiosidad parece incitarlos e incitarlas a tener una actitud hacia el medio semejante a la imagen de un descubridor adánico, que se relaciona con los elementos desde la novedad y denomina para comprender, para comunicarse, para construir un puente con otros y otras. Este puede ser uno de los espesores o calidades que constituyen una alternativa a las relaciones que establecen los adultos y las adultas con el entorno y otros actores, caracterizada por la hegemonía del lenguaje y las ideas que constituyen el sostén de la racionalidad occidental. La noción del tiempo, por tanto, no obedece solamente a principios racionales, sino que está atravesada por las sensaciones emanadas de las interacciones del cuerpo y el medio: “El tiempo es otro para las niñas y los niños, con distintas prisas y ritmos, tiempo de un cierto derroche del tiempo, donde el ocio contemplativo se asocia fuertemente con la exploración y manipulación de las cosas” (GRAU, 2006). En este sentido, el epígrafe refleja la idea de una temporalidad dinámica e influenciada por la percepción de los sentidos y el movimiento.

Las coordenadas de los adultos y las adultas, a nivel temporal y espacial, son cualitativa y cuantitativamente distintas a las de los niños y las niñas. La mayoría experimenta el tiempo desde lo convencional, es decir, desde la temporalidad cronológica lineal, dejando en segundo plano la percepción subjetiva del flujo temporal. Esta opción de adoptar la temporalidad cronológica lineal obedece quizá a la necesidad de desenvolverse en una sociedad en la que este consenso del dominio de las horas, minutos y segundos, es hegemónicamente capitalista. La vida es organizada así, los cambios de la naturaleza son interpretados bajo este orden temporal; la edad también.

Para los griegos, el tiempo era conceptualizado en tres dimensiones simultáneamente, dando cuenta de matices en su concepción: Aión (intensidad de la vida humana, duración, movimiento no cuantificado, no sucesivo, pero intenso); Chrónos (continuidad de un tiempo sucesivo; para Platón: movimiento de la imagen de la eternidad asociada a un número; para Aristóteles: número de movimientos en acuerdo con el antes y el después); y Kairós (medida, proporción, momento crítico, oportunidad) (KENNEDY & KOHAN, 2008).

En la racionalidad occidental ha primado una temporalidad basada en la concepción cronológica, que asocia el movimiento a un número y a la idea de secuencia. El tiempo, entonces, es cuantificado y secuenciado; se han desarrollado instrumentos orientados a facilitar la medición y la universalización de un sistema de notación consensuado. Cuando Heráclito plantea en su Fragmento 52 que el tiempo es un niño que juega un juego de oposiciones, no usa Chrónos, sino Aión, dando cuenta de un modo de experimentar la temporalidad que no obedece a los cánones tradicionales medibles y estandarizados, sino de la experiencia del tiempo desde la intensidad; este modo en particular podría relacionarse con la experiencia de los niños y las niñas de la temporalidad y sus modos particulares de organizar sus acciones en el flujo temporal.

Si prevalece una concepción temporal cronológica, el fenómeno de la infancia seguirá siendo entendido como un periodo inicial de la vida humana, seguido por el paso a la juventud y posteriormente a la adultez; se podrá afirmar que la infancia dura desde los 0 años hasta el límite que la psicología evolutiva y las ciencias jurídicas consideren adecuado, y una vez pasada esa barrera, la infancia desaparecería. En oposición, si lo que prima es una concepción temporal basada en la vivencia del tiempo, es decir, en su dimensión Aión, la infancia puede corresponder a un modo de experimentar el mundo propio de la humanidad, pudiendo permanecer y salir de él cuando se estime necesario.

La ruptura del tiempo cronológico que se observa mediante la irrupción del tiempo aiónico, materializada en la infancia, da origen a la historicidad, entendida como la “esencia temporalizante del ser viviente” (AGAMBEN, 2007). La posibilidad de la infancia de “alterar” la temporalidad diacrónica se relaciona también con la relación existente con la lengua y el habla. Estas características del fenómeno de la infancia son las que le confieren, en cierto modo, un estatus diferencial dentro de la existencia humana; el ser infante, para Deleuze, se entiende como un “devenir niño”, es decir, como un modo de ser infantil que si bien suele asociarse a los sujetos que habitan la infancia, no es exclusivo ni excluyente.

“El devenir instaura otra temporalidad, que no es la de la historia. Por esa razón, devenir no es imitar, asimilarse, hacer como un modelo, volverse o tornarse otra cosa en un tiempo sucesivo. Devenir-niño no es volverse un niño, infantilizarse ni siquiera retroceder a la propia infancia cronológica. Devenir es encontrarse con una cierta intensidad. Devenir-niño es la infancia como intensidad, un situarse intensivamente en el mundo; un salir siempre de “su” lugar y situarse en otros, desconocidos, inusitados, inesperados; es algo sin pasado, presente o futuro; algo sin temporalidad cronológica, más con geografía, intensidad y dirección propias. Un devenir es algo “siempre contemporáneo”, creación cosmológica: un mundo que explota y explosión de mundo” (KOHAN, 2009)

Los fragmentos de Heráclito referidos al ser y los flujos utilizan imágenes para ilustrar la complejidad del fenómeno que se quiere enunciar. El tiempo/intensidad personificado en un niño o una niña refiere a este modo de ser, y el juego, como característica asociada a éste, remite al devenir, a la subversión temporal de la infancia.

Bibliografía

AGAMBEN, G. (2011). Infancia e Historia. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora.

BUSTELO, E. (2012). Notas sobre infancia y teoría: un enfoque latinoamericano. Salud Colectiva, 8(3), 287-298.

KENNEDY, D., & KOHAN, W. (2008). Aión, Kairós and Chrónos: fragments of an endless conversation on Childhood, Philosophy and Education. Childhood & Philosophy, 4(8), 5-22.

KOHAN, W. (2009). Infancia y Filosofía. Ciudad de México: Editorial Progreso.

LIHN, E. (1979). A partir de Manhattan. Valparaíso: Ganymedes.

Por | 2019-02-01T21:19:43+00:00 febrero 1st, 2019|Artículos|Sin comentarios

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