Juguetes para descubrir: Algunas consideraciones acerca de su diseño

Juguetes para descubrir:
Algunas consideraciones acerca de su diseño
Por Patricio Bascuñán
Ilustración por Florencia Videla.
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

 

Hace poco escuché el caso de un señor que vivió su infancia en el campo y que, debido a que sus padres no tenían acceso a jugueterías, no le compraron juguetes. A contrapelo de tanta nueva corriente pedagógica de hoy, en donde se sitúa al niño y a la niña en una suerte de altar, para quienes hay que disponer todo tipo de juguetes para su estimulación, el hombre aparentemente resultó beneficiado de esa carencia, ya que aprendió a fabricarse a sí mismo sus juguetes. Pareciera no ser casualidad que siendo adulto trabajara con sus manos, arreglara todo por sí mismo e incluso le armara algunos juguetes bastante ingeniosos a sus nietos. Ojo que no estoy hablando de un niño índigo o algo por el estilo.

Esta historia me resonó con fuerza, ya que me ha tocado presenciar en más de una ocasión a niños y niñas que están rodeados y rodeadas de juguetes, los cuales tienen en su mayoría botados o en desuso, y pareciera que ni se emocionan al recibir uno nuevo. Muchos son adquiridos simplemente como un signo de preocupación, cariño o para calmar la ansiedad del momento, pero que no tienen mayor trascendencia en sus vidas. Y es que pareciera que la abundancia llegara a jugar en contra, ya que, al ofrecerse un juguete para cada inquietud, se reduce la necesidad de inventar y crear nuevas formas.

A partir de todo esto y centrándome en lo que respecta al diseño de los juguetes, me surgieron las siguientes dudas: ¿Hay juguetes que debido a su forma estimulen de mejor manera las habilidades del niño y de la niña? ¿Existen juguetes que fomenten una capacidad inventiva, hasta el punto de que el niño y la niña lleguen a prescindir de la adquisición de nuevos juguetes?

A continuación, se podrán encontrar con la revisión de algunas posturas acerca del juego y su relación con la realidad; una reflexión en torno a la propuesta pedagógica de Fröbel, quien fue un innovador en el diseño de juguetes;  y una breve reflexión final acerca de los juguetes y su posibilidad de abrir sendas a un desarrollo libre y pleno de la imaginación.

Juego y realidad

Los adultos concebimos y entendemos el juego desde distintas perspectivas, cada cual sustentada por alguna línea de la psicología y/o filosofía. Hay quienes –desde una vereda idealista– lo consideran como una actividad que se desarrolla al margen de la realidad. Jugar es la antítesis del trabajo, dicen, una actividad pura, cercana al arte, que no obedece a ninguna ley ni busca la consecución de objetivo alguno (Kant). Hay quienes incluso plantearán que el juego vendría siendo el vínculo con una libertad plena, oculta tras la consciencia de la necesidad, de la cual nos desprendemos en la medida que nos “domesticamos” (Schiller).

También existen quienes,  respaldados por alguna tesis empirista, entienden que el juego y la fantasía son meras distorsiones de la realidad. Nos encontramos aquí con frases típicas como: “La imposibilidad del niño o de la niña para entender la realidad de forma objetiva se debe a su inmadurez” (Piaget); o: “El juego no es más que un acto de manifestación de los deseos reprimidos” (Freud). La niñez, desde esta óptica, es una etapa de mera transición, en donde los “pequeños adultos” sólo están en vías de asimilar una realidad que está por fuera de ellos y ellas, en donde el juego es una actividad de la cual se prescinde en la medida que se crece y comprende de forma más concreta la realidad.

Otra manera de entender el juego –que vendría siendo la perspectiva que adopta el autor– es aquella que comprende que el desarrollo del juego y la imaginación, lejos de ser una expresión ajena a la realidad o una distorsión de ésta, es una manera de vincularse y comprender el mundo objetivo. Autores como John Dewey, Friedrich Fröbel, Lev Vigotsky o Paul L. Harris insistirán en que el juego es una excelente herramienta para que niños y niñas puedan comprender la naturaleza, las leyes causales del universo, la sociedad y la cultura. He ahí por qué muchas propuestas pedagógicas recurren al juego como método de aprendizaje, evitando de dicha manera una educación conductista, en donde se deposite el conocimiento de forma mecánica en la mente del lego, y apostando porque sea éste quien asimile y vivencie el conocimiento, permitiendo que pueda construir explicaciones propias acerca del mundo que le circunda.

Y es que el juego es ante todo una exploración de la realidad. A pesar de que los niños y las niñas a la hora de jugar se aparten del mundo real, aprenden mucho de éste, tanto en lo que respecta a su funcionamiento en términos físicos como simbólicos.

Con respecto al entendimiento del mundo en su dimensión física y material, es posible reconocer en los juegos más básicos una compresión sobre los poderes causales del mundo. Sucede que el acto de jugar precisa entender y manejar un orden tras cada elemento y acción. Por ejemplo, al erigir una torre de lego se hace necesario comprender que los elementos del mundo no surgen de forma espontánea (una torre no aparece de la nada), se transforman (existe un procedimiento en su construcción) y se relacionan entre sí (las piezas de abajo sostienen a las de más arriba).

El juego sirve también para que el niño o la niña asimilen y comprendan su entorno cultural. En los juegos de simulación se ponen a prueba las prácticas que se observan del resto; se vive y se siente cómo podría realizarse una tarea o experimentar una situación. Jugar con muñecas, al té, disfrazarse, imitar, etcétera, son acciones que se deben a los signos que pequeños y pequeñas reconocen en el exterior, los cuales de alguna manera se buscan entender y manipular.

La diferencia con la realidad radicaría entonces en la flexibilidad del juego, en la posibilidad de poder asignar distintas entidades a las cosas (una rama que se convierte en espada, una caja que sirve de refugio), al punto de poder subvertir los significados más estables. Aunque los juegos tengan un estrecho vínculo con la realidad, no se limitan a replicarla de forma literal, al igual que en la novela más realista siempre hay una interpretación, una cuota de ficción. De este modo, la imaginación pone en tensión a la realidad, desacralizando ritos; manipulando de forma lúdica elementos pertenecientes al mundo de lo práctico; transformando las estructuras en acontecimientos; viviendo lo que puede ser rutinario para la adultez desde una temporalidad distinta, de modo intenso.

Materialidad y abstracción

¿Existen juguetes que ayuden de mejor manera a descubrir el mundo y estimular la creatividad? Friedrich Fröbel (1782-1852), pedagogo alemán, creador del kindergarten y del concepto de Freiarbeit (trabajo libre), nos ofreció una respuesta con sus famosos  “Dones de Fröbel”, un set de juegos que presenta objetos sólidos con distintas formas geométricas cuya complejidad va en aumento, pensando en los distintos niveles de desarrollo de los niños y las niñas. Sin ahondar en explicaciones de cada juego en particular, es interesante reconocer en todo el conjunto un diseño basado sólo en formas geométricas, muy sencillas y fácilmente reconocibles, las cuales pueden ser entendidas en su complejidad a partir de sus partes. Esto es relevante principalmente por dos razones: se estimula la capacidad creativa del niño y de la niña, fomentando el desarrollo de habilidades que le permitan alterar su mundo material; y se fomenta el desarrollo del pensamiento abstracto, liberando al niño y a la niña de la mera contemplación a través de los sentidos.

En estos juegos, existe una concepción analítica de la forma. Es decir, la organización de los elementos se concibe a partir de la separación de las partes en unidades básicas, apostando por una comprensión de la complejo a partir de lo simple. Esto es relevante, ya que permite al niño o a la niña entender de manera estructural las formas que tiene por delante. No hay mayores trucos. Las formas se “desenredan” y se ofrecen de forma clara a los sentidos. De este modo, es más fácil poder transformar y combinar los elementos que se disponen. Así, Fröbel intentó dar a entender que cada elemento–ya sea de orden natural, artificial o humano– es a la vez unidad y parte de algo más general; entre líneas está diciendo que los seres humanos somos capaces de alterar nuestro entorno en la medida que reconocemos y entendemos su orden.

Al no recurrir a la figuración, empleando simplemente formas geométricas y no representaciones de perros o barcos, los juguetes no conducen un modo de ser ni imponen un relato concebido de antemano, fomentando el descubrimiento de las formas básicas y esenciales del mundo físico, libre de prejuicios. La simpleza de las formas apunta a no cautivar al niño y a la niña por medio de la mera estimulación de los sentidos, apelando de esta manera a desarrollar una relación abstracta e intelectual con la materia, en donde sea la imaginación la que dicte el sentido de las formas, no la forma misma. Un distanciamiento con la realidad que permita concebirla con mayor perspectiva, dando a entender que la materia sólo condiciona la existencia, no impone sus interpretaciones.

Imaginación y libertad

Con todo lo antes mencionado, no se pretende que todos los juguetes deben ser abstractos y estar basados en formas simples y geométricas. Está más que claro que la imaginación rebasa fronteras y de que cualquier elemento, por complejo o figurativo que sea, servirá para dar rienda suelta a la mente del niño y de la niña. Por lo mismo, no se puede determinar objetivamente si es que un juguete servirá de estímulo o no, entendiendo que siempre habrá una relación subjetiva entre éstos y las niñas y los niños que los utilicen. Sin embargo, es importante reconocer que existen juguetes que ofrecen más opciones para la exploración de la creatividad.

No todos los juguetes son precisamente una apertura para la imaginación. Muchos vienen a reforzar estereotipos y a naturalizar identidades de género, siendo su oferta segmentada por edades y sexo. Otros tantos deslumbran con luces y pirotecnia, fascinando en una primera instancia, pero aburriendo luego de que se descubre su gracia. Algunos incluso –y esto es lo más lamentable– sirven de signo de distinción, generando diferencias en las salas de clases entre quienes tienen padres y madres que puedan pagarlos y quienes no.

Podemos definir como pésimos juguetes a todos aquellos que no apelan al descubrimiento colectivo e individual, ofreciendo pocas posibilidades de interacción, interpretaciones restringidas y fomento del fetichismo. Piénsese en un Max Steel y analicémoslo a la luz de los conceptos antes desarrollados. Con respecto a la indagación de las posibilidades del mundo material, se trata de un juguete que no ofrece mayores posibilidades constructivas, ya que está resuelto en todos sus detalles. Está diseñado principalmente para su contemplación y no para alterar su orden estructuralmente, ya que a lo más permite mover un brazo o montar una pistola en su mano. En términos simbólicos, podríamos decir que es un juguete que coarta las posibilidades de su interpretación, y por ende el hecho de explorar la realidad, debido a que el encuentro con éste está antecedido por un relato construido a partir de mensajes publicitarios y videos en YouTube. Se trata de un ícono con nombre, personalidad y atributos ya definidos, que por lo demás es una representación cuestionable acerca de la masculinidad. Siempre es hombre, blanco y musculoso. Además de todo esto, es caro y se produce en China bajo condiciones de explotación.

Los juguetes, y esta es la apuesta del autor, deben servir de herramienta para entender y –desde el entendimiento– transformar la realidad. Para esto los juguetes deben poseer formas claras e inteligibles y no deben condicionar una forma única de ser utilizados ni entendidos. Un buen juguete, al incitar tanto un desarrollo intelectual como psicomotriz, puede prescindir por completo de efectos especiales y de mecanismos sofisticados. Por lo mismo, puede ser realizado con materiales y tecnologías que se encuentren a disposición de cualquiera. Pueden ser inclusive los más baratos de realizar. Y es que, ante todo, debe incitar a que el niño y la niña sean artífices de su propio mundo y que, en lo posible, se fabriquen ellos mismos sus propios juguetes.

Referencias bibliográficas:

AGAMBEN, G. (2011). Infancia e historia. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

HARRIS, P. L. (2006). El funcionamiento de la imaginación. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

NERI, R. (1963). Juego y juguetes. Buenos Aires: Editorial Universitaria.

SANTIS MÁRQUEZ, J. A. (2010). Juguetes: 100 años de fabricación chilena. Santiago de Chile: Ocho Libros.

Por | 2019-02-01T21:31:21+00:00 febrero 1st, 2019|Artículos|Sin comentarios

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