La niñez y sus derechos

La niñez y sus derechos
por W. Heaford. Texto extra.do de La Escuela Popular. Revista Mensual. Órgano de la Liga
de Educación Racionalista. Buenos Aires, Octubre 1 de 1912, Año 1, N.1, pp. 2-4.
Edición por Maximiliano Astroza-León y Equipo Anagénesis.
Ilustración por Cristián Lizama.
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

Por largo tiempo, se ha hablado de los derechos del ser humano; derechos anteriormente negados por la autoridad, conquistados luego por el pueblo y deprimidos fatalmente por la mala fe de quienes gobiernan, fósiles sin vida, sin fuerza, incapaces de asegurarnos las ventajas sociales que se creen salvaguardadas por sus leyes, como lo estaba el Jehová de los antiguos hebreos en el arca del templo. Los derechos del ser humano deben ser siempre conquistados. Es el mejor medio de obtenerlos y la mejor forma de renovar continuamente nuestra concepción del derecho, de ampliar su significado social, de reclamarlo, no como exclusiva propiedad del individuo o como fortaleza inatacable de los privilegiados de la fortuna, pero sí como la herencia de la humana familia.

La solidaridad y la reciprocidad son leyes fundamentales de la vida humana, puesto que los derechos “ajenos” establecen y dejan en pie los “propios” derechos; y, no puede llamarse moral una sociedad, aun cuando sus componentes se estimen uncidos por el noble sentimiento de justicia, si la felicidad del individuo es anulada o deprimida por la miseria espiritual o económica, que puede afligir a otros miembros del cuerpo social.

Condición primaria de los derechos del ser humano, son –es necesario insistir en este punto–los derechos de la niñez.

Sin descuidar los derechos del ser humano, reclamando en todas partes y bajo todos los gobiernos las reformas necesarias para su realización, en una medida siempre más grande y generosa, es de urgencia capital el reconocer los derechos de la niñez y de la juventud, derechos imprescriptibles, naturales y necesarios, anteriores a los demás y superiores a todos los otros. El niño y la niña son en esencia el padre y la madre del ser humano; y a causa de nuestros malos sistemas de educación, el niño y la niña gastan al ser humano, más de lo que éste gasta a aquellos y aquellas.

Naturalmente pícaros(as) y precoces, se desquitan de la tontería de sus padres y madres, maestros y maestras, que suponen en él una moralidad descuidable [sic], y en tal absurda creencia, para estimularle el cariño a la verdad,l e sugieren los más perniciosos embustes.

La bancarrota de nuestra civilización, más que a la impotencia del espíritu humano, que lucha tenazmente por triunfar del mal, se debe al hecho que el ser humano ha dado tres pasos fatales hacia la ruina de la sociedad, o sea: la obstinación en reconocer y renegar los derechos de la ciudadanía, de la mujer y de la niñez.

Por derechos de la mujer, entiendo la emancipación integral del sexo de la dominación del varón. La servidumbre de la mujer al yugo político y económico del hombre; la existencia a su lado, no como un ser igual en la elevación moral de la especie, pero si como un satélite del esplendor celeste del macho o como pálido reflejo de su gloria. La tiranía ejercida diariamente sobre la mitad del género humano, desmoraliza al hombre, denigra a la mujer y presenta a los ojos del niño y de la niña el triste espectáculo de la arrogancia violenta del uno y la mansedumbre incondicional de la otra. Imposible será encaminar a la humanidad hacia la conquista de la justicia social, si la mujer debe permanecer como juguete, más o menos acariciado del hombre, sin conciencia de su noble misión.

Una vez que la mujer sea libre de buscar su gloriosa carrera, los derechos de la niñez quedarán asegurados eternamente.

¿Cuáles son entonces los derechos de la niñez y de la juventud? Antes de todo y por deber de hospitalidad, el niño y la niña tienen derecho—desde su nacimiento— a la bienvenida. Nosotros y nosotras les hemos invitado y —lo impone la cortesía—debemos recibirlos y recibirlas entre nosotros y nosotras con toda deferencia.

Inocentes de toda culpa, en el eco de sus gritos parecen entender la música del amor; la risa, es en él y en ella, tan natural y propia como las lágrimas. ¡Cómo negar a ese angelito o esa angelita el tributo de nuestras caricias y la leche nutritiva del maternal seno! Como invitado o invitada al banquete de la vida, están en su derecho de tratarnos de igual a igual.

Entre nosotros y nosotras aprenderán el mecanismo del lenguaje. Los y las mayores serán sus maestros y maestras, y el universo su escuela. Para estudiar su lección necesitan todo nuestro cariño y toda nuestra buena voluntad para allanarle las dificultades que pudieran apenarlo o apenarla. Pequeño y débil, su espíritu se puede plasmar de manera que resulte un cretino, o bien proporcionarle cualidades intelectuales y morales de elevadísimo valor. ¿Qué se hará de él o ella? Sus caracteres son una tierra virgen. En nosotros y nosotras está sembrar buena semilla o dejar que en ella se cultiven las malezas de la ignorancia.

Los niños y las niñas son francos y francas: ríen cuando están contentos o contentas, lloran a lágrimas vivas cuando sufren. Son sinceros y sinceras sin miedo y sin reproches. Su sinceridad se merece la verdad nuestra y al reclamarla están en su inviolable derecho.

Quien miente a un niño o a una niña es culpable de una odiosa superchería. Desnaturalizando los hechos, se miente a sí mismo o a sí misma, mientras corrompe la ingenua inocencia de su víctima. No bien el embuste resulta convencional y se considera adecuado a la inteligencia de la niñez, se ha renunciado al respeto, para transformarse en un envenenador de la inteligencia de las nuevas generaciones.

Sinceridad, solidaridad, simpatía. ¡He ahí las bases de la nueva escuela, de la vida social, de nuestros entusiasmos de hombres y mujeres! La sinceridad encierra a la verdad y destruye todas las hipócritas reticencias de la ignorancia. Vida, luz, salud y verdad pertenecen a la santa familia de la sinceridad, y el niño y la niña deben ser seres adorados y adoradas porque a ella simbolizan.

Cuando los padres y las madres, tutores y tutoras, maestros y maestras, sean sinceros y sinceras con los niños y las niñas, las nuevas generaciones serán solidarias de sentimiento y de amor, con sus progenitores y entre sí. Es tan estúpido inventar embustes para los niños y para las niñas y reservar las verdades para los adultos y las adultas, como mantener a la mujer en la ignorancia y en la esclavitud, mientras el hombre conquista las ciencias y dicta las leyes que gobiernan a toda la sociedad. ¡La mentira no es la vía láctea del progreso humano!

  1. HEAFORD

(Traducción de R. C.)

La Escuela Popular. Revista Mensual. Órgano de la Liga de Educación Racionalista. Buenos Aires, Octubre 1° de 1912, Año 1, Num. 1, págs. 2, 3 y 4. Edición por Maximiliano Astroza-León y Equipo Anagénesis.

Por | 2019-02-01T23:39:31+00:00 febrero 1st, 2019|Artículos|Sin comentarios

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