Liceo de Aplicación en toma

Liceo de Aplicación en toma
Por Anónimo
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

Estábamos muy nerviosos, pero también muy decididos. Ese día llegamos muy temprano. Les dijimos a todos los que iban entrando que fueran al patio con su silla. Pusimos un parlante, algunos lienzos y comenzaron las arengas. Llevábamos harto tiempo en jornadas de reflexión, discusión y paros internos y ese mismo día en la madrugada nos habíamos reunido en la Plaza Brasil para ir a tomarnos el colegio. Los resultados fueron dos inspectores golpeados y un compañero desencapuchado. Nos estaban esperando.

En la asamblea espontánea que se armó en el patio –entre arengas–, un compañero dice: «Basta de acobardarnos.  Tomémonos el colegio ahora mismo». Y por primera vez se tomaba el Liceo de Aplicación «por dentro». Una turba gritando se dirigió a la puerta y con un alambre de silla la cerraron. Un momento muy caótico. Vi a cabros entrando encapuchados a la sala de profesores, secretaría y dirección gritando: «El colegio está en toma. Se tienen que ir inmediatamente, a la buena o a la mala. Ahora nosotros estamos a cargo y no los queremos acá».  Y se fueron, fue muy fácil. La emoción era gigante y así fue como comenzó todo.

Se armaron comisiones para machetear, propaganda, aseo, cocina, difusión y otras que no recuerdo. Los primeros meses la participación era importante. Varios mostraron compromiso y asumieron tareas significativas. Las asambleas eran campos de batalla y rápidamente se armaron los bandos: un sector más moderado influido por comunistas y otro más radical influido por anarquistas que, a mi parecer, era entre quienes se disputaban las decisiones de la toma.

Así fueron pasando los días. Había un parlante en la entrada que sonaba todo el día con Natural Banda, 89 puñaladas, Pibes Chorros y reggaetón. En la noche jugábamos al paco y al ladrón por todo el liceo, al club de la pelea, hacíamos batallas de rap, a veces veíamos películas, conversábamos en una fogata o alguien se motivaba con algún taller más o menos ilícito.

Hay muchas cosas de las que no me acuerdo. Ya han pasado cinco años. Pero hay otras que no se me olvidarán nunca. Por ejemplo, cuando descubrimos a dos sapos en la toma y los correteamos hasta la bencinera de Brasil; las noches de cacerolazos peleando por horas con los pacos, viendo cómo se nos sumaban vecinos y vecinas.  Me acuerdo de un cabro de 1er Medio (habían pocos de esa edad) que se metía entre todas las lacrimógenas a devolverlas. Era una obra de arte. Me acuerdo de un día que sacamos una cámara de vigilancia que pusieron en la esquina del colegio y después inhabilitamos un zorrillo que quedó atrapado entre miguelitos. Me acuerdo cuando los pacos nos tiraron balazos, cuando cortábamos la calle Manuel Rodríguez a la altura del puente. Un día un RP quedó atrapado en el taco y lo llenamos de camotes, palos y bombas de pintura. Dejaron el auto botado, ¡les ganamos!  Me acuerdo cuando después de los disturbios íbamos a buscar a nuestros amigos a la 3era Comisaría y dejábamos la mea cagá afuera. Me acuerdo que para el apagón fuimos corriendo a saquear el Tottus, pero tenían un generador de energía. Por las noches salíamos a rayar consignas contra la Ley Antiterrorista, contra los policías, afuera de los colegios que no estaban movilizados. Contra todo.

En general, para mí fue una experiencia intensa. La recuerdo con mucho cariño, pero también con un gusto amargo. Aprendí lo que son los verdaderos compañeros, esos que no abandonan, los que te cuidan la espalda. Aprendí lo que es afrontar las consecuencias de tus ideas. A mirar de frente. Que la autoridad sólo existe cuando uno se somete. Que hay que ser responsable, inquieto, autónomo, auténtico, autodisciplinado, valiente, pero terriblemente miedoso, porque ese miedo es el que pone la exigencia que permite hacer las cosas bien.

Ahora ya no tengo mucho contacto con el liceo, pero desde la universidad puedo decir que es un espacio muy valioso, ya que se vive una política mucho más pura y honesta. Los universitarios y las universitarias son muy cobardes. Se cuentean mucho.  He visto por internet algunas cosas que han pasado en el Aplika que me ponen muy feliz: veo que ahora hay cabros mucho más aguja que nosotros, con un discurso más profundo y un accionar que va de la mano con ello. Me pone feliz porque quiero creer que de algo sirvió el antecedente que construimos. Por lo menos me siento cómplice con los que salen a prenderle fuego a la esquina.

«Mientras nuestras conciencias sean una mierda, la anarquía será una utopía»

(Rayado dentro de la sala donde dormía)

Por | 2019-02-01T23:23:32+00:00 febrero 1st, 2019|Artículos|Sin comentarios

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