No todos los huachos son niños: La huacha como frontera entre niñez, género y pobreza

No todos los huachos son niños:
La huacha como frontera entre niñez, género y pobreza
Por Daniela Lillo Muñoz
Ilustración por Ara Xilos
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

Cuando tratamos de acercarnos a una historia de la niñez en Chile, es imposible no leer con ilusión el tan renombrado libro Ser niño huacho en la Historia de Chile (Siglo XIX), de Gabriel Salazar. Aquel poderoso libro que surge como respuesta a un conflicto epistemológico en el cual se sumergió la Historia en los años ’70, a partir de los cuestionamientos por la supuesta historia universal. Aquella de grandes relatos públicos y heroicos, de los cuales se escribe, estudia y enseña, y que construyen el imaginario respecto a cuáles y cómo son los sujetos, los acontecimientos y los espacios que conforman nuestra memoria e identidad. Salazar, con su artículo publicado en 1990 y posteriormente  transformado en libro en 2006, reconoce e incorpora a un sujeto que había sido olvidado –o conscientemente apartado– en la historia adultocéntrica y que se mantenía a oscuras, sin derecho al discurso y a la legitimización de su existencia, padeciendo la negación de su influencia en los procesos sociales y culturales: los niños (y, sobretodo, los niños ilegítimos, pobres y abandonados).

En sus primeras páginas, y como forma de introducción, Salazar relata la trágica historia de Rosaria Araya, una joven campesina pobre y soltera, la cual, luego de parir cuatro hijos (un varón y tres mujeres), muere a causa de los dolores y la desesperación por no tener los medios para mantenerlos. La anécdota cuenta que el varón es inmediatamente adoptado por una familia por caridad, mientras que sus otras tres hermanas son criadas en la escasez por su abuela y vecinas. Según lo relatado, es curioso que Salazar haya decidido titular su texto “Ser niño huacho…”, considerando que es el único hijo varón de Rosaria quien en mejores condiciones queda, mientras que las hijas, en cambio, son criadas en la profunda pobreza.

A partir de lo anterior, cabe preguntarse: ¿Quiénes son los verdaderos huachos de la historia? ¿Quiénes quedan en el abandono y la pobreza? Sin duda alguna las hermanas, las huérfanas de Rosaria Araya, las niñas. Pero, ¿es esa la historia que Salazar cuenta en su texto? ¿Ese es acaso el sujeto histórico al que le da voz? La situación anterior no es más que el reflejo de un vacío en la que se han visto posicionadas las niñas: envueltas en la generalidad de “mujeres” para los estudios de la mujer y de género; disueltas en el conjunto de “niñez/niños” en las discusiones sobre clases etarias y adultocentrismo. De este modo, si bien es valiosa la reciente y dificultosa incorporación de la mujer y la niñez, sobretodo en condición de pobreza, en el discurso histórico, existe la necesidad de ahondar y cuestionar el sujeto histórico fronterizo entre ambos: la huacha. ¿Tiene la huacha historia, identidad propia? ¿Es merecedora de una historia, una que no se pierda en la universalidad de lo masculino de los huachos, o una que no se diluya en el discurso adultocéntrico de la historia de las mujeres? ¿Existe la huacha?

Si continuamos tomando al huacho al que da voz Salazar, este niño del siglo XIX y comienzos del siglo XX, podemos reconocer en el texto del historiador –y en otros que hacen referencia a este mismo sujeto– tres fundamentales categorías que reconocen diferencias importantes entre el huacho y la huacha: el uso del espacio, los roles y el cuerpo.

ESPACIO

Como plantea Salazar, el huacho es aquel niño que vive en la pobreza y que, además de la escasez material, posee una falta afectiva producto, por ejemplo, de la disfuncionalidad de sus familias. En este caso, cuando el niño sentía desprecio por el ambiente familiar, muchas veces optaba por “echarse al camino”. Pero, ¿es esa imagen igual de posible para la niña? La decisión para la huacha tiene dificultades diversas que no atañen al huacho. En primer lugar, la asignación social que se le da a las mujeres en el espacio privado –desde tiempos inmemorables– produce que la huída de ésta al espacio público traiga consigo la acusación del deshonor y de la inmoralidad. Por otro lado, la exposición al espacio público en soledad trae consigo diversos peligros para las niñas, como es el secuestro para trata de mujeres y las violaciones. Por último, existe también la noción de su rol social como mujer en cuanto al trabajo doméstico y al “cuidado de otros u otras”, el cual es aprendido desde los primeros años, y que la obstaculiza al momento de abandonar su disfuncional familia.

ROL

En las actividades y oficios que desempeñaban niños huachos y niñas huachas también es posible notar importantes diferencias. Mientras los huachos podían optar por el trabajo libre en los campos como gañanes, el trabajo en minas como matasapos o –ya en el siglo XX– en trabajos industriales, la gama de opciones de la huacha, sobretodo en el siglo XIX –en el siglo XX se abren posibilidades para el trabajo industrial–, era más reducida, producto de las dificultades para ingresar a trabajos tradicionalmente desempeñados por hombres. Por lo que la opción más segura era aquella que tenía relación con el rol social asignado a la mujer: el trabajo doméstico, el cual se efectuaba en casas señoriales o casas de honor, surgiendo de ello la figura de la china, la cual vivía en permanente violencia, tanto sexual como física, tal como plantea Toro y Muñoz: “La mayoría de las sirvientas o criadas fueron maltratadas (a menudo violadas) por sus amos en las ‘casas de honor’ donde trabajaban”.

Por otro lado, el trabajo del huacho con la huacha también se diferencia con lo relacionado al trabajo del propio hogar. Mientras el huacho trabajaba largas jornadas para contribuir a sí mismo o al sustento familiar, las huachas generalmente trabajaban estas mismas horas (ya sea en las fábricas, de costureras, temporeras o prostitutas), pero además continuaban trabajando en las tareas hogareñas, padeciendo la llamada “doble jornada laboral”.

CUERPO

Por último, un factor fundamental en la diferenciación de huachos y huachas es el cuerpo, lo cual se ha omitido en el análisis de los huachos a través del uso genérico masculino, que los presenta como seres no sexuados e incorpóreos, cuando realmente la corporeidad de las niñas las vincula a otras experiencias ligadas a la connotación que socialmente se le atribuye a los cuerpos femeninos, como objeto de goce del hombre y como otra forma de propiedad privada, y que tiene directa relación con las jerarquías de género de subordinación imperantes en la sociedad. Esta dinámica de objetivización sexual del cuerpo de la huacha provoca violencia sexual contra ésta, la cual generalmente queda impune debido a la insignificancia social que se le otorga. Esta violencia se presenta en situaciones donde la niña tiene rol de sirvienta y en el contexto de familias inquilinas trabajadoras del campo; pero además se encuentra el abuso sexual de la huacha proveniente de sus propios hogares, lo que demuestra la vulnerabilidad mayor a la que se ve expuesta en relación con sus hermanos.

Del mismo modo, esta objetivización también trae como consecuencia la utilización de esta realidad por parte de las huachas para generar recursos. Es decir, desempeñarse en el oficio de la prostitución y la trata de blancas. En 1920, el 79.82% de las prostitutas entrevistadas provenían de un hogar incompleto o deshecho; y más del 60% de ellas habían tenido su primera relación sexual entre los 12 y los 16 años, la cual presuntamente puede haber ocurrido bajo forma de estupro o incesto, perpetrado por los hombres convivientes de las habitaciones insalubres y hacinadas donde pasaron su niñez.

A partir de lo anterior, queda en evidencia que muchas veces los discursos históricos mantienen como foco central las fuerzas de poder que marcan las relaciones sociales. Es decir, el poder patriarcal y el poder adultocéntrico, entre otros. Salazar, al igual que otros autores, en su libro nos cuenta la historia del huacho, pero del huacho hombre que pretender pasar como universal. Desde ahí, se presenta el hecho de que la huacha ha sido representada históricamente a través de una imagen que no es: mujer/niño, haciendo caso omiso a los espacios, roles y experiencias que construyen una identidad alterna a la narrada. Deconstruir estas representaciones es fundamental, pues para comenzar el ejercicio de comprender la niñez, es preciso tener claro que ésta será interseccionada por uno y mil factores que deben considerarse, recuperando los recortes de sus diversas historias. De este modo, comunicarse, aprender, entender a las niñas del presente, comienza a través de conocer las experiencias de las niñas del ayer, comprendiendo sus abusos, cambios, mejoras y permanencias que le otorgan a su identidad la singularidad de ser quienes son y cómo se sitúan en la sociedad.

Por ello, la invitación es a seguir desentrañando esta historia aún incompleta de las huachas, escritas siempre en los bordes de otros, en el entrelineado de otros protagonistas. Recuperar, reconstituir y legitimar una identidad que, hasta el momento, se ha ubicado en una oscura y perdida frontera.

BIBLIOGRAFÍA

SALAZAR, G., & PINTO, J. (2002) Historia contemporánea de Chile. Santiago de Chile: LOM Ediciones.

TORO, M., & MUÑOZ, V.  Tomo IV: Hombría y feminidad

TORO, M., & MUÑOZ, V. Tomo V: Niñez y juventud

SALAZAR, G. (2006). Ser niño ‘huacho’ en la historia de Chile (siglo XIX). Santiago de Chile: LOM Ediciones.

MONTECINOS, S. (2007). Madres y huachos: alegorías del mestizaje chileno. Santiago de Chile: Editorial Catalonia.

SAGREDO, R., & GAZMURI, C. (2006)  Historia de la Vida Privada de Chile. Tomo I: El Chile tradicional. De la Conquista a 1840. Santiago de Chile: Editorial Taurus.

URRUTIA, C. (1972) Niños de Chile. Santiago: Editorial Quimantú.

Por | 2019-02-01T23:10:01+00:00 febrero 1st, 2019|Artículos|Sin comentarios

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