Una generación inconclusa: 10 años después de las movilizaciones estudiantiles de 2006

Una generación inconclusa:
10 años después de las movilizaciones estudiantiles de 2006
por Patricio Contreras Navarrete
Fotografía de Tamara Kramarenco Müller
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

Nunca he tenido muy clara la definición exacta de generación. Sé que a veces nos referimos a las personas que nacen y crecen dentro de un año, una década o un cuarto de siglo, influenciadas por múltiples factores políticos, sociales y culturales. Sé que a veces incluso hablamos de generaciones marcadas por ciertos acontecimientos históricos, como las de posguerra o las sobrevivientes a algún tipo de cataclismo. Realmente no lo tengo muy claro. Pero sí sé algo con seguridad: mi generación fue la que se tomó los colegios el año 2006.

En mi definición personal de generación, esas cabras y esos cabros son fundamentales. No importa la edad, no importa en qué curso iban, no importa si se echaron o no algún ramo en esa época. Lo único importante es que estuvieron ahí, que rompimos en conjunto los candados de nuestras escuelas, que colgamos sillas con las patas hacia fuera para demostrar que el establecimiento era una zona temporalmente autónoma, en espera de los cambios que exigíamos.

Siendo sincero, creo que tampoco me importa mucho si esos cambios se cumplieron o no. Porque es posible que ningún gobierno actual los cumpla. Y porque en mi propia definición de generación, lo importante no fue eso, sino la educación sentimental, el apoyo mutuo y la transformación moral en piño, en esas asambleas espontáneas que se armaban en las plazas públicas, donde quien quería improvisar un discurso se subía a los juegos o al árbol más alto posible, para aleonar a sus compañeras y compañeros, para trasmitir la intensidad de sus palabras, para tocar fibras y generar convicciones en sus pares.

Para mí, eso fue lo más importante. Esa experiencia de política en comunidad, hecha por y para quienes la ejercíamos. Porque no teníamos grandes conocimientos de nada, es verdad. Pero defendíamos nuestros instintos transformadores contra viento y marea, mostrando los dientes, poniendo el cuerpo, soportando todos los obstáculos que el poder pusiera por delante. Esos deseos primitivos y desconfiados de organización, donde nadie imponía reglas pero todos y todas sabíamos qué hacer, para mí fueron esenciales. Porque sí: quererse, reírse y defenderse también es parte de la revolución.

Recuerdo, por ejemplo, que a nuestro dirigente le decíamos “diluyente” o “detergente”. Recuerdo que con el piño más pinganilla de la toma nos apropiamos de la ex sala de profesores y la transformamos en un centro de operaciones falso del DOPE, que era una parodia del GOPE, donde carretiábamos y nos reíamos de cualquier cosa, pidiendo claves falsas para ingresar. Recuerdo que con un compañero –que hoy por hoy es uno de mis mejores amigos– nos subíamos al techo con una petaca de ron y algo para fumar, para vigilar toda la noche, ante cualquier amenaza de neonazis o buitres oportunistas que querían invadir ese espacio que –en ese momento– era nuestro.

¿Cómo eso no va a ser importante? ¿Cómo eso no va a haber transformado a una generación con nula formación política, aquejada en vivo y en directo por las pésimas prácticas educativas que perduran hasta hoy? ¿Cómo eso no le va a haber cambiado la vida a una generación militarizada hasta la náusea, obligada a ser como el poder prefiriera, cantando el himno nacional todos los lunes y rezando por obligación en ciertos actos públicos? ¿Cómo la movilización no va a haber influido en nada?

Yo creo que el 2006 fue esencial. Lo aprendido ahí nos llevó a odiar las salas de clases y construir experiencias de educación popular, donde desechamos de raíz el mal sistema y el mal gobierno, y donde nos educamos entre nosotros y nosotras, como creemos que es mejor para nuestros objetivos. Eso nos tiene que seguir inspirando. Eso nos tiene que seguir convocando hoy.

Porque yo sé que muchas y muchos no insistieron. Una compañera ahora es reportera de farándula en el Mega; otro abandonó sus convicciones y ahora está más pendiente del último celular de moda antes que de sus derechos sociales y los del resto; algunas fueron madres, algunos fueron padres; otras y otros han escapado lo más lejos posible, sin poder escapar nunca de sí mismas, de sí mismos. Porque siempre volvemos al principio: ¿Estamos viviendo como queríamos vivir? ¿Estamos haciendo lo que alguna vez quisimos hacer? ¿Estamos transformando la realidad o la realidad nos sigue transformando a nosotros y a nosotras?

Cada cual con su respuesta. Cada loco con su tema. Pero yo al menos sigo tratando de serle fiel al pendejo que se tomó su colegio el 2006. No quiero defraudarlo. Siento que todavía –él y yo– tenemos deudas que saldar con un Estado nefasto, que insiste en hacer las cosas igual o peor que hace 10 años atrás.

Por | 2019-02-01T23:16:19+00:00 febrero 1st, 2019|Artículos|Sin comentarios

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