Crecer en Walmapu: Introducción al conflicto y análisis de la niñez en el territorio mapuche

Crecer en Walmapu:
Introducción al conflicto
y análisis de la niñez en el territorio mapuche
por Sebastián del Campo Saavedra
Fotografías por Felipe Durán y el autor
Publicado originalmente en Revista Anagénes N.9, mayo 2017.

Tras escuchar el apellido mapuche en la lista, la compañera líder dice: “Tenemos una alemana en el curso”. Con 16 años, Sandra se levantó, orgullosa y decidida, e improvisó: “La próxima vez no va a haber próxima vez. Ten claro que soy mapuche. No tengo ná que ver con los invasores alemanes”.

MAPUCHE

Según una exposición de Armando Marileo a la cual asistí, en chedungún (sonido que identifica al mapuche, su lengua), Mapu es la totalidad, el universo, el sol, la tierra, el agua, las plantas, todas las especies animales, los ciclos de la vida y de la muerte, el amor, lo visible y lo no visible, etcétera. Dentro de esto, Che es una parte de la totalidad, integrante del universo, del cosmos, de la tierra, ni superior ni inferior a un árbol o a un insecto.

Así se comprende a sí mismo el pueblo mapuche ancestral: una parte y complemento de la totalidad. Protector/protegido de y por la naturaleza. Habitando Walmapu (todo el territorio mapuche, desde el Pacífico al Atlántico, en circunferencia completa, de manera horizontal y vertical), este pueblo construyó su cosmovisión. Con el cielo sobre su cabeza. La tierra, los ríos y el mar. Con cada mapuche y toda la vida en su entorno, buscando la armonía y el equilibrio con la abundancia existente.

Su organización comunitaria y territorial es diversa. La vida mapuche se desarrolló desde el Pacífico al Atlántico en vínculo armónico con su entorno natural. El kimün o “conocimiento” fue basto respecto a la medicina, la alimentación y la comprensión del cosmos. Son un pueblo milenario que siempre mantuvo su equilibrio con otros pueblos.

Que no se diga de éste que es un pueblo guerrero, pues tal condición sucede como resistencia a una historia de agresión y opresión que occidente ha ido perpetuando con la invasión europea, la colonización, la consagración criolla de los Estados chileno y argentino, la milicia, la iglesia, la industria y las megaempresas.

INJUSTICIAS DE SIGLOS

Desde la conformación del Estado chileno hasta ahora, el territorio mapuche ha sido reducido cerca de un 85% debido a los procesos de militarización, evangelización y genocidio en distintos episodios de nuestra  historia oficial. La “pacificación de la Araucanía”, por ejemplo, con sus omisiones y falseamientos, es el más sangriento mito nacional de exterminio mapuche. Cerca de 85.000 personas fueron asesinadas a manos de la alianza entre el Estado, la milicia y la iglesia. Esto hace 120 años, apenas tres generaciones, por lo cual aún quedan el dolor, la rabia y las ganas de luchar.

Con el empobrecimiento de la región, se comenzó a dar la migración a las urbes y la reducción del territorio mapuche en zonas de la costa y la montaña. Se les obligó a depender del modelo capitalista-estatal y a asumir la identidad nacional chilena o argentina, siempre expuestos a la influencia de la comunicación masiva, a la imposición de una educación funcional a los Estados nacionales, al comercio competitivo y a la desvinculación con la tierra y su kimün, dejando un terreno fértil para la creencia e la intervención judeocristiana.

Durante la dictadura cívico-militar, ingresan las forestales al Gulumapu (zona del Walmapu ubicada al oeste de la cordillera de los Andes), continuándose con el proyecto neoliberal administrado por la Concertación, actual Nueva Mayoría, con la complicidad del Partido Comunista y la derecha. Después vinieron la minería y la producción energética. De este proceso, es evidente el efecto de la plantación de pino y eucalipto en el territorio, especies exóticas que provienen de Canadá y Australia. Su presencia ha generado cambios irreversibles en el ecosistema: sequía, migración de especies animales y reducción de flora endémica.

Así se ha reducido al pueblo mapuche, arrebatando sus tierras, hoy en manos de la oligarquía chilena. Según INFOR, 900.000 hectáreas pertenecen al millón de personas mapuche en Chile, mientras las familias Matte y Angelini en conjunto tienen cerca de 3 millones de hectáreas.

LUCHA ACTUAL

A mediados de los ’80, se formaron grupos politizados mapuche que exigieron la restitución de lo que le perteneciera a su pueblo, reivindicando 500.000 hectáreas que correspondían a títulos de merced que el Estado chileno no ha entregado tras la ocupación sucedida durante los siglos XIX y XX. Tras esto nacieron diferentes perspectivas, proyecciones y prácticas al interior de un pueblo ancestral que aún lucha por recuperar su autonomía y su soberanía territorial, demanda prioritaria para el cuidado tanto de su gente como de tierras, mares y ríos que hoy son explotados por el extractivismo transnacional.

Diversas expresiones componen la lucha mapuche, desde prácticas ancestrales/ceremoniales vivas a modo de resistencia cultural; la vía política con escaños en puestos institucionales del Estado y la participación civil; hasta la resistencia territorial en la recuperación de tierras privatizadas y el enfrentamiento con los aparatos represivos del Estado y toda su jurisdicción. Es necesario esclarecer que este no es un conflicto de seguridad nacional. Tampoco algo que se resuelva en tribunales. Es más bien un problema de orden político que requiere de la más sincera voluntad para su solución.

ZONA ROJA

Debido a la persistencia de la lucha mapuche durante los casi 30 años de gobiernos “democráticos” en Chile, la nula voluntad política para la restitución del territorio ha devenido en un Estado que agrede al mapuche permanentemente en sectores de la Araucanía donde se da la recuperación territorial. Esto afecta no sólo a las comunidades en resistencia, sino a toda la población mapuche en las llamadas zonas rojas.

Se han dispuesto gigantescos contingentes de carabineros preparados para la guerra, con puntos fijos en pueblos, carreteras y caminos rurales. Estas prácticas policiales desmedidas transgreden normas internacionales para la protección de los pueblos y sus derechos. Allanamientos, tortura, montajes y encarcelamientos son consecuencias que este pueblo en lucha se ha visto dispuesto a asumir con entereza y dignidad. Comuneros, e incluso machis (autoridades espirituales), han caído en las garras de los tribunales chilenos. Esto se debe a la protección que realiza el Estado del negocio forestal y al resguardo de millones de hectáreas que pertenecen a las familias más ricas del país.

Durante el 2016, se logró evidenciar graves hechos contra el pueblo mapuche en la Araucanía. La prisión que llevó a la Machi Francisca Linconao a una huelga de hambre líquida para volver a su rehue (centro ceremonial); las torturas a las que se sometieron cinco jóvenes de Ercilla: Máximo Queipul, Antü Llanca, Boris Llanca, Danilo Nahuelpi y Fabián Llanca, quienes fueron internados en el hospital de Temuco; los más de 100 perdigones que dispararon “por accidente” al joven Brandon Hernández Huentecol (17), quien defendía a su hermano menor, fuera de su casa en Collipulli; y el caso de Lorenza Cayuhan, quien tuvo que parir engrillada y con presencia de un gendarme, durante el parto que trajo a Sayen de manera directa a la agresión y discriminación de la justicia chilena contra esta mapuche.

PICHIKECHE

Tras esta extensa introducción al problema, cabe destacar que el pequeño relato que inicia este texto le sucedió en los ’80 a una joven champurria (mezcla/mestiza), Sandra C. Tripainao, hoy profesora de Lenguaje en una escuela pública de Tirúa, tildada de zona roja por los medios de comunicación. Ella relata cómo en juegos y actividades escolares se revela la profunda huella que deja la agresión del Estado en sus estudiantes. Las y los pichikeche (gente pequeña, niñas y niños) juegan al carabinero y al weichafe (guerrero) e interpretan su realidad en obras de teatro que retratan los allanamientos y la presencia policial en la zona.

“No es fácil ver que estén las Fuerzas Especiales fuera de tu casa porque se llevarán a tu padre por algún motivo”, dice con respecto a la experiencia de estudiantes que vienen de familias afectadas de manera directa con la represión y la persecución estatal. Además, nos cuenta que en la sala de clases se encuentran pichikeche de familias en procesos de recuperación, y otras que sin apoyar ni ser parte de la resistencia territorial son beneficiadas por las compensaciones del Estado.

Casos como el de los jóvenes torturados en Ercilla o el de Brandon, baleado en Collipulli, son comunes en Gulumapu, provocando el menoscabo de la niñez y la juventud del pueblo mapuche. Esta brutalidad engendra miedo y rabia, emociones que luego se transforman en violencia como respuesta ante el desamparo y la agresión del Estado. Además esto se ve profundizado por la omisión cómplice de la prensa oficial y el descuido de instituciones educativas que prefieren la neutralidad, actitud servil a la perpetuación del despojo y el exterminio que se traduce en heridas físicas, emocionales y espirituales para la niñez y la juventud en Walmapu.

La configuración nunca separada entre Iglesia, Estado y Capital mantiene al mapuche reducido y dormido en el mismo ensueño que vive el pueblo chileno, dentro de un sistema de opresión que se valida a sí mismo definiendo estándares, sistemas de verificación, control y divulgación. En este contexto, ser docente y estar comprometida o comprometido con el cuidado de niñas y niños, les enfrenta al funcionamiento normal de la escuela, que no busca el aprendizaje y el sano desarrollo de quienes conviven en sus aulas (problema transversal a toda la educación pública en Chile), sino la acrítica transmisión de información que, de manera funcional al sistema estatal capitalista, entrega conocimientos para la continuación de la dependencia y la dominación que sostiene este sistema.

Incluso estando en su territorio, la escuela no se piensa para la conservación del saber ancestral mapuche y la proyección de su cultura en el futuro. “Las familias en la actualidad están perdiendo de vista la formación del che, toda responsabilidad se le está otorgando a formadores externos, como la escuela o jardines infantiles, iglesias” (Quidel y Pichinao, 2002).

Sandra nos cuenta que: “Hoy se recuperan los nombres en mapuchedungun. Hay orgullo porque ya no es tan complicado ser mapuche. Ahora en la sala hay al menos 10 que tienen nombre mapuche. Se recuperan, pero como igual es difícil, varios de ellos no se saben el significado de sus apellidos. Hay un corte entre los abuelos/bisabuelos y estos niños, que tienen entre 6 a 12 años y aún no han recibido este conocimiento, que es fundamental para que sigamos existiendo como pueblo, a pesar de esta lucha tan frontal que están dando las comunidades en resistencia”. Así también, relata lo difícil que fue llevar adelante la obra de teatro que crearon sus estudiantes denunciando la violencia policial, pues las autoridades escolares preferían mantener este tema bajo la alfombra, incluso oponiéndose a un gesto de respeto por la tradición, tan pequeño como iniciar la clase con un “marri marri” (saludos).

CAMINOS Y PREGUNTAS

En este trayecto de resistencia social y cultural, se han gestado experiencias de encuentro, construcción y cuidado comunitario en relación a la recuperación y conservación del saber ancestral, con el fin de seguir proyectando los diversos modos de vida mapuche. Para esto, desde la expresión y exploración artística, se promueve la cultura de derechos y el desarrollo de los intereses de la niñez en el territorio, trazando un camino de lucha que se moviliza desde el amor y la contención, en un esfuerzo cooperativo entre gente mapuche y no mapuche.

Gloria Colipi Pilquimán relata que de manera sistemática se invisibiliza la vulneración de derechos en el territorio. Nos dice que así “nace la idea de intervenir en una escuela para generar la proyección a la educación superior de las niñas y los niños en la comuna, pensando también en que luego hubiera un retorno para favorecer al territorio lafkenche (personas del mar). Se da cuenta entonces de situaciones que vulneran los derechos de las niñas y los niños. Para esto se hace la fundación, para aportar en el trabajo de promoción de los derechos humanos en la comuna.”

Esta perspectiva de trabajo, desde las instituciones en vinculación con las comunidades, da breves respiros a niños, niñas y jóvenes que sufren las condiciones de despojo y vulneración de derechos que afectan a Tirúa. De este modo, se genera una mirada crítica desde dentro, en escuelas y en el municipio, visibilizando el terror que genera la sola presencia de carabineros en espacios públicos, lo que se traduce en un cuestionamiento al centro político nacional, que prefiere la represión a la resolución del conflicto en sus periferias.

Entonces, nos preguntamos desde esta vereda, a partir de las experiencias narradas y en solidaridad con el pueblo mapuche: ¿Será un aporte este camino de vinculación con el Estado y organizaciones nacionales e internacionales? ¿Se logrará desde allí la reconstrucción de su tradición y su kimün? ¿O la intervención institucional y el voluntarismo chileno-occidental opacará la restitución de su cultura, debido a procesos de oportunismo y cooptación? ¿Acaso el Estado y el Capital abandonarán sus intereses de totalización y acumulación en pos del bien de este pueblo? ¿Hay algún otro camino?

Sebastián del Campo Saavedra.

Bibliografía:

Quidel, J., & Pichinao, J. (2002). Haciendo crecer personas pequeñas en el pueblo mapuche. Temuco: Secretaría Ministerial de Educación Región de La Araucanía.

Para el desarrollo de este texto también se realizaron entrevistas a:

Gloria Colipi / Fundación PIDEE
Sandra C. Tripainao / Profesora mapuche
Carla Ormazábal Levia / Coordinadora OPD Peuma Lafkenche
Inés Sepúlveda Licoy / Trabajadora social de la Municipalidad de Tirúa

Por | 2019-02-06T19:39:44+00:00 febrero 6th, 2019|Articulos|Sin comentarios

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