Crónica de un Equinoccio en Villa Los Álamos

Crónica de un Equinoccio en Villa Los Álamos
Por Zenón Quiroga Ocampo.
Ilustración por Patricio Bascuñán.
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

Con el rumor de Vespucio Express y la cordillera de telón de fondo, a pasos de la intersección de Trinidad con Santa Raquel en la comuna de La Florida, tres calles angostas son el único acceso para lo que pareciese una verdadera nación independiente. Ojo que no hablo de una población “emblemática” ni de un ghetto en donde se respire marginación, sino más bien de un pequeño y acogedor rincón, que de primera impresión deslumbra por la cantidad de vida y movimiento que hay en sus calles, sobre todo en la multi-cancha con graderías que es el centro y corazón del barrio, en donde, con letras verdes e imponentes, un muro te avisa que te encuentras en Los Álamos.

Se acercaba la primavera y cada vez quedaba menos tiempo para el 6to Festival Equinoccio, el cual se realizaría ahí en la villa, un sábado 24 de septiembre.

Los Festivales Solsticio y Equinoccio habían surgido como iniciativa el año 2015,  realizándose para los distintos cambios de estación, originalmente siendo una respuesta a la necesidad de llevar el trabajo del taller de poesía Agua Maldita a la calle, siendo en sus primeras versiones un festival en donde tan solo se exponían las creaciones artísticas al público. Con el tiempo, reconociendo que, más allá de lo que sucediera en el escenario, los objetivos principales de los festivales eran el fortalecimiento de vínculos comunitarios y la transmisión de valores libertarios, por lo cual se hacía necesaria una intervención más profunda en los territorios en donde se trabajase,  en donde se integrase de forma activa a la comunidad en la elaboración del proyecto. Para esto se hacía fundamental contar con el apoyo de organizaciones que estuviesen establecidas en los distintos territorios a trabajar.

Es por esto que, con un buen tiempo de anticipación, por un contacto nos acercamos al Taller Los Calugas quienes, desde hace unos cuantos años, mantienen hasta la fecha un trabajo sostenido en la villa, sobre todo con niñas y niños.

Lo más interesante de trabajar con ellas y ellos, un grupo de gente joven con experiencia en trabajo social, circo, malabares, entre otras cosas, fue que para todas las reuniones asistían pequeños y pequeñas de todas las edades, quienes escuchaban y opinaban mientras compartíamos una once. Es así como –y vale resaltar la gran labor que tuvieron los y las Calugas en todo esto– niños y niñas se convertían en protagonistas de lo que sucedería el día del Festival. En los días previos se prepararon banderines, carteles, pajaritos (swing) y se realizaron jornadas de propaganda en donde niños y niñas participaron activamente.

Tengo que decir que, a pesar de que era de esperar que hubieran muchos niños y niñas para el día del evento, jamás me imagine la emoción y entusiasmo que estos tenían. Me trajo recuerdos de viejas celebraciones, en donde yo pequeño esperaba con ansias la llegada de un día en particular, ya sea para salir disfrazado de algo o para recibir un regalo. Y es que aquella mañana la villa entera estaba engalanada, no tan solo florecían las flores, sino que todo muro y poste lucía carnavalesco.  Pequeños y pequeñas comenzaban a salir de sus casas y revoloteaban por la multi-cancha, ayudando con los últimos detalles en el escenario, pintándose la carita,  cooperando con las tías y tíos con la olla común para el almuerzo. De pronto comenzaron a llegar las bandas del pasacalle con sus bombos, platillos y pintas estrafalarias y los ánimos aún más se encendían.  Niñas y niños fueron corriendo a pedir permiso en sus hogares y salimos en patota, bailando y saltando, a dar una vuelta por las villas vecinas y la avenida. Así comenzaba una larga jornada, en donde se compartió música, deporte, comida, teatro y mucha alegría.

Por | 2019-02-06T20:53:25+00:00 febrero 6th, 2019|Articulos|Sin comentarios

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