Hablo de la memoria de mi niñez: El vínculo intrínseco entre poesía y niñez en la cultura mapuche

Hablo de la memoria de mi niñez:
El vínculo intrínseco entre poesía y niñez en la cultura mapuche
Por Mario Aravena Neumann
Ilustración por Ángela Durán Oyarzo
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.9, mayo 2017.

 

Sé muy bien que la infancia es un estado que debemos alcanzar, una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la admiración ante las maravillas del mundo. Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos.

Jorge Teillier

Cuando grande
quiero ser un niño

Anita Tijoux

“El poeta es un niño en crecimiento tenaz”, versa uno de los poemas de Gonzalo Rojas, y es el punto de partida de este ensayo que intenta evidenciar la estrecha relación entre poesía y niñez o –para ser más exactos– el vínculo irrenunciable entre el poeta y el niño o niña. Se parte de una premisa básica: todos y todas fuimos niños y niñaz. La niñez es una etapa crucial en la vida de los individuos en la cual desarrollamos gran parte de nuestra creatividad y donde gozamos de una libertad mágica, asociada a un sentido de absoluta rebeldía y anárquica sensibilidad. Es en esta etapa en la cual somos dueños y dueñas de una visión mágica del mundo, mediada por nuestra desbordada imaginación, que posibilita la creación ilimitada de realidades y nuevos mundos. El niño y la niña son creadores y creadoras por excelencia; “un pequeño Dios”, diría Huidobro, un o una ente que vive y se desarrolla en base a un principio primitivo y primordial: el juego creativo.

Por otro lado, la palabra poesía proviene del griego ποίησις, que significa “acción, creación”. El poeta, por lo tanto, será considerado el creador, el artesano del lenguaje, la persona que crea, expresa o manifiesta su creación por medio del arte de la palabra. La poesía es más que una escritura bella o la expresión libre de sentimientos. Es un estado vital, un posicionamiento ideológico y político –en el amplio sentido del término– frente a la vida, que implica una visión trascendental y un desarrollo profundo de los sentidos. El poeta no es el ser iluminado, es la persona que en su cotidianidad es capaz de recrear los sentidos, resignificar la realidad, crear nuevos mundos tanto internos como externos y, por supuesto, jugar con las infinitas posibilidades que otorga el lenguaje.

El vínculo parece evidente: el poeta es un niño o una niña, un ser que no ha perdido su placer por el juego, sino al contrario, se ha aferrado a un espíritu de rebeldía, a un constante deseo creativo e imaginativo y, sobre todo, a una exaltación y recreación de los sentidos mediante impulsos e imágenes cotidianas. Más arriba se ha expuesto una máxima incuestionable: “todos y todas fuimos niños y niñas”. Ahora bien, cabría la posibilidad de ir un poco más allá y atisbar una conclusión del todo cuestionable: si todos y todas fuimos niños y niñas, entonces todos y todas fuimos poetas. Y al revés: todos los poetas y todas las poetas son niños y niñas. Esta es la idea que el presente ensayo intenta demostrar a través del histórico interés por parte de los y las poetas de plasmar en sus textos y en sus creaciones la niñez como una etapa trascedente y vital que se debe alcanzar aún en la adultez.

El interés por abordar la temática de la niñez en textos poéticos responde a una necesidad de recuperar esa magia perdida, ese origen sagrado; el retorno a la majestuosa belleza del lugar de origen, espacio mítico al que siempre hemos de volver: la niñez. Rememorar momentos de máxima felicidad infantil: el dibujo animado al que queríamos imitar, el primer beso, el primer amor, las ansias por completar el álbum de láminas o el anhelo por el escondite perfecto. Sí, rememorar momentos de inmensa felicidad, pero sin obviar que el niño y la niña experimentan todo tipo de sensaciones y sentimientos: el dolor, la tristeza, la pérdida, la muerte, la desilusión y el desencanto. Al final, la niñez se configura como una etapa fundamental justamente por eso, por ser el primer encuentro con la dualidad de la vida. El niño y la niña perciben y hacen suyos todos los impulsos vitales que reciben diariamente. Por eso se dice que los niños y las niñas son como esponjas.

Para las pretensiones de este breve trabajo, se limitará el marco poético a lo que se ha denominado como poesía mapuche, representada en la oralitura de poetas como Elicura Chihuailaf, Graciela Huinao y Omar Huenuqueo. Si bien es posible rastrear una “poesía infantil” o poemas que reconstruyen una niñez mítica en grandes poetas como Gabriela Mistral, Alejandra Pizarnik, Jorge Teillier, Enrique Lihn o Gonzalo Rojas, es la cultura mapuche la que se ha caracterizado por evidenciar nítidamente la relación entre poeta-niño(a), niño(a)-magia y sensorialidad-niñez. Por ejemplo:

[…]

Por las noches oímos los cantos, cuentos y adivinanzas a orillas del fogón
respirando el aroma del pan horneado por mi abuela, mi madre, o la tía  María
mientras mi padre y mi abuelo —Lonko de la
comunidad— observaban con atención y respeto.
Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica.
Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía
las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles
el destello del fuego, de los ojos, de las manos.
Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles
y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente.
Nada más, me decía, hay que aprender
a interpretar sus signos
y a percibir sus sonidos que suelen esconderse en el viento.

El poema largo “Sueño Azul”, del poemario bilingüe –mapudungun y castellano– De sueños azules y contrasueños (1995), de Elicura Chihuailaf, representa un claro ejemplo de la necesidad de recrear, rememorar y reconstruir la niñez como etapa formativa fundamental en la concepción poética del hablante. El hablante lírico se construye a partir de los recuerdos de infancia, en su experiencia primigenia con la naturaleza y con la sabiduría de sus antepasados. Es en la niñez donde aprende lo que es la poesía, donde se forja su identidad y su visión poética: el niño ya es un poeta, en la niñez ha encontrado el camino a la trascendencia, la belleza de los detalles cotidianos y el profundo amor hacia sus raíces.

Graciela Huinao, reconocida poeta y escritora mapuche, ha abordado en su poesía el tema del amor por la tierra, el recuerdo casi instantáneo de sus antepasados y su sabiduría y, por supuesto, la añoranza por una niñez perdida que, al igual que en el caso de Chihuailaf, constituye una experiencia formativa clave que determinará el devenir de su vida como poeta y persona.

Vuelven / en la primavera / donde el campo generoso / honra con los árboles / el paso inmortal de mis abuelos. / Los cantos de mi padre / cuando borracho de sueños / en el país de mi infancia / me enseñaba la ruta / que siguen las estrellas. / A veces, lágrimas / traían las noches de invierno / al enseñarme a descifrar / los cantos de la montaña, / a comunicarme con los pájaros / en su idioma infinito / y a entender / el mensaje del viento / en remolino sobre el río. / Ahora, / acuñados sus cantos / a mi vestido / digo: / la primera escuela / de mi raza / es el fogón / en medio de la ruca / donde arde la historia / de mi pueblo.

En el poema anterior –transcrito en su totalidad– Huinao da cuenta de “el país de su infancia”, una patria caracterizada por el aprendizaje y el diálogo. La poeta deja entrever la importancia de la niñez como la etapa crucial en la adquisición del lenguaje con la naturaleza, aprendizaje que conlleva no sólo alegría y felicidad, sino que se alcanza a partir del dolor, la pena y el llanto. La niñez es el país donde existe la comunicación con la naturaleza, donde la exaltación y recreación aguda de los sentidos posibilita el diálogo con el espacio natural, con la tierra y los animales. La sabiduría del pueblo y sus antepasados es absorbida por el niño o la niña a orillas del fogón; es su primera y gran escuela, la cual forjará su identidad y su poética.

Las similitudes del poema anterior con el siguiente texto de Omar Huenuqueo, muestran con claridad la relación intrínseca entre el poeta y el niño o la niña en la cultura mapuche:

Un niño descalzo con los ojos de avellana / tendido en una carreta, / conversa con los pájaros / que pían en el manzano. / Una gallina escarba cerca del lingue. / El niño camina con las manos en los bolsillos. / Conversa con los pollitos / y les convida cereza madura; / conversa con los árboles / y se complace sonriendo.

En este caso, el niño es el poeta de los detalles cotidianos, un vidente que todo lo atiende y todo lo poetiza, un ser distinto, un individuo capaz de “conversar con pájaros y árboles” y adquirir una visión totalizadora del mundo. De esta forma, queda en evidencia la relación intrínseca y vital entre el poeta y el niño o la niña. Todos y todas fuimos poetas; todos y todas tuvimos una visión mágica y totalizadora de la realidad; todos y todas creamos e inventamos mundos impensados, realidades paralelas; y todos y todas conversamos con pájaros, en algún momento u otro. La invitación ya la hizo Jorge Teillier, el poeta de los lares: la niñez es un estado que debemos alcanzar, recuperar el niño o la niña que fuimos. Ser, nuevamente, poetas.

Mario Aravena Neumann

Por | 2019-02-06T19:57:09+00:00 febrero 6th, 2019|Articulos|Sin comentarios

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