De sensualis

De sensualis
Por Cristián Iturriaga
Ilustraciones por Patricio Bascuñán
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.7
Abril 2016

 

Chile, país de frac y ñoña corbata de moño a merced del formalismo empresarial y la prístina imagen publicitaria. Santiago no es Chile. Pero Santiago es Chile. Y es que últimamente olvidó soñar, ni siquiera tiene cielo donde mirar; lo que hay es una mímesis del pavimento. Nuestro tercermundismo con pretensiones de país desarrollado se toma demasiado en serio como para andar enfiestado en la onda de sus vecinos. Hay cosas más importantes que hacer. Trabajar. Aparentar.

Pero no confunda sociedad con sobriedad. Olvide la etiqueta de elegante jaguar sudamericano. Cámbiele el nombre a pantera loca, puma bailarín o gato guachaca para solazarse en su lúdico andar. Entonces el carnaval, la challa cayendo, la batucada y el oportuno agarrón de poto. O el beso lesbo para sorprender a los incautos.

La híper-institucionalización de la cultura ocurrida durante los gobiernos de la Concertación le quitó la sustancia a la transgresión del orden antaño establecido. Perfecto a la acomodaticia oficialización de la queja. “Y va a caer”, el estribillo fenecido en cántico ritual, que de tanto repetirse perdió su rumbo. Y la misma condena para toda la subcultura contestataria que por décadas fermentó en los sueños de la entonces oposición. Además, los sueños ya no son de democracia, porque esa ya la ganamos, aunque sea incipientemente. El festejo tutelado, al igual que la democracia, nos dejó un simulacro de fiesta. El elemento orgiástico, dionisíaco, la puta coronada como dama, el esclavo montado sobre el amo, el ritmo copular y el bailongo reprobable, todo quedó bajo el tapete. O dentro del clóset.

Pero que no se nos defraude el amigo de la bullanga, porque se viene un nuevo ciclo. La oportunidad se nos abre de piernas. Y es que funciona como una vez dijera la actriz Luz Croxatto, el ají en el poto es lo mejor para la creatividad. En vista del regreso de los conservadores decimonónicos al gobierno, la contra-cultura se podrá armar de pies a cabeza para hacer surgir esas latentes muecas de asco en las autoridades oficialistas. Será el despertar de la puta patria. Que el virginal blanco quede ridículo en nuestra bandera de una vez por todas. Será una gran celebración. Que se agregue una nueva estrofa al himno nacional, celebrando la opulencia hedonista y el descontrol de la voluntad; y que sea colocada junto al facho canto a los valientes soldados, sólo para deleitarnos en el contraste. O, ya que las lenguas se arrodillan al inglés, aprovechemos el spanglish criollo: Condoms are the only conservatives i like, corearán las masas en su inglés chapurreado.

Olvidemos que tenemos las amarras por un rato. Desmontemos el panóptico mientras. Que la observación pase de un mecanismo de represión a un juguetón voyeurismo. Apostemos por algo más que la reedición de los viejos fervores callejeros. Vamos por un movimiento sui generis, con mucho color, agarrón, ruido y baile.

Bote el edulcorante, que de tanto ponerle ya amargó el trago. Póngale azúcar a raudales porque a las autoridades les molesta. Rebélese, y no se olvide de que si no la pasa bien en el proceso, no sirve. Como dicen por ahí: si no puedo bailar, no es mi revolución.

Por | 2019-02-19T17:00:59+00:00 febrero 19th, 2019|Articulos|Sin comentarios

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