Publicando libros desde el hormiguero: Organización y consolidación de las editoriales independientes
Por Patricio Contreras Navarrete
Ilustración por Carlos Busquets
Publicado originalmente en Revista Anagénesis N.8, 2014.
Ya no resulta ajeno ni mucho menos sorprendente el impacto que han logrado las editoriales independientes en nuestro país. De hecho, a muchos nos resulta hasta lógico, considerando el alto costo que alcanzan los libros y los desoladores estudios sobre la lectura que se han realizado últimamente en Chile. Como es sabido, estas cifras no discriminan ni cantidad ni calidad, ya que el problema no es sólo que el chileno promedio casi no lea, sino que además lee pésimo. Según el Segundo Estudio de Competencias Básicas de la Población Adulta 2013 y Comparación Chile 1998-2013, un 44% de los chilenos no entiende lo que lee y un 42% no comprende los documentos que revisa. Por si esto fuera poco, esta misma encuesta fue realizada hace 15 años y, al compararla con los resultados actuales, todavía no se observan cambios significativos1. Esto viene a corroborar el vacío cultural y el preocupante panorama del libro en nuestro país, el cual, si no fuera por la revitalización que le han brindado las editoriales independientes, seguiría en su permanente malvivir, alimentándose sólo con los dividendos que dejan los best-sellers chilensis, lo que equivale a un chileno promedio comiendo pura comida chatarra.
Y con lo anterior no exagero. Marcelo Montecinos (editor de La Calabaza del Diablo) no se equivoca al señalar que las editoriales independientes hoy publican y sostienen “lo más nutritivo del mundo de la escritura en el Chile actual”2. Y él tampoco exagera. Si no fuera por las editoriales independientes, nos tendríamos que conformar con leer sólo lo que cumple con los estándares comerciales de las editoriales trasnacionales, dejando fuera a muchos autores que, a pesar de no cumplir con dichos parámetros, a veces tienen entre sus manos obras realmente notables, merecedoras de cualquier tipo de publicación, que no deberían necesitar premios oficiales o amigos en el círculo literario para llegar a publicarse y difundirse dignamente. Y hoy son las editoriales independientes quienes se encargan de que lo último no suceda, adaptando a dichos autores a sus catálogos particulares, arriesgándose y subiendo al barco a muchos escritores que sin esta posibilidad seguirían naufragando a la deriva o esperando su turno en la barra de algún bar.
Obviamente, detrás de todo esto hay razones políticas. Y no me refiero a militancias. Se sabe que cada editorial tiene sus propios criterios ideológicos y líneas de trabajo, mediante las cuales seleccionan a sus autores o definen sus proyectos a partir de ciertas posturas establecidas, que a veces incluso funcionan como manifiestos. Sin ir más lejos, Guido Arroyo (director editorial de Alquimia Ediciones) señala que “una editorial es independiente cuando las políticas que establece para realizar todo el proceso de edición y producción de un libro, se diferencian de las prácticas del mercado trasnacional, y no estén supeditadas a fines comerciales y/o filiales”3. De esto comprendemos que la independencia nace de la oposición al sistema de publicaciones instaurado en Chile antes del “boom” independiente, el cual llegó para sacudir de buena manera los antiguos nichos mercantiles, abriendo nuevas puertas y creando una suerte de hormiguero en el centro de la casa, el cual no se detendrá hasta cambiar algunas cosas de sitio o simplemente desamueblarlo todo.
A propósito de lo anterior, y haciendo hincapié en el trabajo colectivo, Gladys González (poeta, editora y organizadora del “Encuentro chileno de editoriales independientes”, Valparaíso, 2012) señala que “las editoriales independientes tienen la tarea de presentar textos, hechos y formas de producción que generen espacios de contención y fraternidad, evitando las rivalidades y el saqueo de autores, para movilizar un espacio atemporal donde la lectura y la conversación reflexivas sean el punto inicial y principal de su quehacer”4. De esta manera, es posible entender el trabajo editorial como un diálogo permanente entre editores y autores, una labor conjunta que quizá debe potenciarse con una perspectiva socio-política definida, entendiendo que la finalidad de todo libro no es el ego ni las ganancias particulares del escritor, sino la posibilidad de encontrar lectores afines, creando una red de conocimiento que, a pesar de nacer y reproducirse en el ocio, acaba formando esa otra red atemporal a la cual llamamos cultura, tal vez la obra más larga y trabajosa que existe, y la única que debemos escribir a la par entre todos, sin excluir a nadie. Y es aquí donde volvemos al problema de la lectura y los libros en Chile.
¿Son las editoriales independientes el remedio a dichos males? ¿Después de que las editoriales independientes vendan sus libros más baratos y organicen ferias paralelas a la FILSA se solucionará el problema cultural en nuestro país? Claramente no. Eso sí sería exagerar. Pero trae un poco de esperanza ver cómo cada año la Furia del Libro recibe a más lectores y compradores en el GAM, ampliando cada vez más su horizonte de expectativas, llegando incluso a reeditar algunas de sus publicaciones. De hecho, disipa aún más nuestras sospechas ese gran mesón de editoriales independientes que este año se hizo presente tanto en la Feria del Libro de Santiago como en la de Guadalajara, lanzando sus libros, mejorando sus ventas e incluso exponiendo sus experiencias de publicación fuera de los límites de Chile. No todo está perdido. Las ganas de trabajar y compartir desde la autogestión siguen en pie.
Pero, de todas formas, tampoco hay que ser ingenuo. No es que sólo haya cuentas positivas. El mismo estudio citado al principio nos demuestra que, a pesar de los años que llevan las editoriales independientes ejerciendo presión desde adentro, contando además con la consolidación de su método de trabajo y las evidencias de que la explosión de aquel “boom” antes constatado hoy deja secuelas significativas, la población chilena sigue leyendo poco y mal, sin avanzar culturalmente hacia ninguna parte. Puede que las razones de ello estén en la mala educación, en el IVA al libro, en la insuficiente gestión cultural a nivel macro. Pero eso no expurga nuestras culpas, sobre todo si seguimos comportándonos como simples ciudadanos de esta Sociedad de Consumo, siendo jueces y partes de la misma. Quizá el vacío cultural seguirá así hasta comprender que no basta con crear una editorial independiente, sino también con pensar a quién va dirigida, dónde debe impactar, en qué lugares debe difundir su trabajo. Quizá debamos comprender que en esa red atemporal que llamamos cultura no sólo dialogan autores y editores, sino también los lectores, quienes desde ahora en adelante deberían asumir un rol protagónico. Porque el lector también es juez y parte de todo esto, y hay que salir a buscarlo no sólo en bibliotecas, aulas o ferias-del-libro. También en los barrios y en la calle. Quizá sobre todo en las calles.
1 Fuente: www.24horas.cl (Octubre 7 de 2013).
2 VV.AA, Gladys González y Felipe Moncada (Editores), “Encuentro chileno de editoriales independientes: Propósitos y experiencias”, Ediciones Inubicalistas, 2012, p. 29.
3 Ibídem, p. 15.
4 Ibídem, p. 5.
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